Ha llegado su momento. Con el frío y la tierra húmeda, el tupinambo está de vuelta, y casi siempre la pregunta es la misma: “¿y qué hago con esto?”. Por eso, esta vez vamos directos al grano.
Primero, lo básico. Es un tubérculo de la familia del girasol (sí, es su primo), con un sabor dulce, a avellana y con un toque que recuerda a la alcachofa. El nombre procede de los Tupinambás, un pueblo indígena de Brasil, y no tiene nada que ver con Jerusalén ni con las alcachofas, por mucho que en algunos países lo llamen así.
Lo que lo hace tan interesante en la cocina es que cambia de personalidad según cómo lo trates:
- Crudo, laminado muy fino: crujiente y fresco, con aceite de oliva, limón y sal. Una ensalada sencilla que se convierte en un platazo al instante.
- Asado, con piel: el dulzor se concentra y queda casi caramelizado. Funciona como guarnición o como protagonista.
- En crema o velouté: sedoso, delicado, y pidiendo a gritos un hilo de aceite de avellana por encima.
- Frito en chips: para aportar textura y decorar platos de pescado, vieiras o carne.
- En encurtido: acidez y textura crujiente para equilibrar platos más grasos.
Se lleva de maravilla con la avellana, la manzana, la trufa, las vieiras, las setas y las carnes de caza. Además, es un ingrediente que pide poco: con una buena técnica y un buen aliño, da muchísimo de sí.
Es uno de los ingredientes que más nos gustan en esta época del año y creemos que se merece más atención de la que suele recibir. Si nunca lo has probado, ¡hazlo ahora! Y si ya lo utilizas, cuéntanos cómo, porque siempre estamos aprendiendo. :)