Hay quienes romantizan el trabajo con la naturaleza. El campo, el aire libre, las plantas, el ciclo de las estaciones. Las fotos quedan bonitas: flores frescas, hojas tiernas, la sensación de que todo crece con una simplicidad mágica.
Pero la verdad es mucho menos poética. Trabajar con la naturaleza es vivir en estado de constante sobresalto. Es enfrentarse a plagas que aparecen de un día para otro, a enfermedades invisibles que invaden los cultivos, a la humedad y al calor que crean el ambiente perfecto para que todo se descontrole. En verano, además, el cóctel es explosivo: temperatura, humedad y tiempo juegan en nuestra contra.
No hay manual que prepare para la sensación de perder semanas de trabajo en pocas horas. No hay nada de romántico en pasar días intentando salvar plantas que insisten en morir.
Es una profesión dura: un camino pesado, lleno de riesgos y frustraciones. Solo los locos asumen este destino. Porque, a pesar de todo, seguimos. Seguimos sembrando, regando, creyendo que la próxima tanda saldrá mejor.
Trabajar con la naturaleza no es un idilio. Es resistencia.